miércoles, 16 de diciembre de 2015

CIRCULA


Ciudad de los Césares N° 106


Diciembre de 2015 / Febrero de 2016


Presentación


Los lectores antiguos de Ciudad de los Césares conocen sus ritmos y sus tiempos y saben tener paciencia; saben que esta revista, viviendo normalmente al límite de sus medios, o más allá de ellos, se toma sus libertades en relación con las regularidades que de una publicación periódica se esperan. Que, no obstante, espera volver siempre junto a esos lectores, así los dioses la asistan. Como hace en la presente ocasión.

Temas de interés en la política nacional y en la internacional se han acumulado en estos meses. De los más relevantes de ellos se hace cargo E.R. en “Derrotas no heroicas y apetito constituyente”: se trata de los tropiezos que en su vida internacional el país experimenta, y de los senderos  por donde se quiere llevarlo en lo interior. Sin dejar de dar una mirada a los acontecimientos que en el ancho mundo se suscitan. Renato Carmona, en “De historia y de terrorismo”, indaga en los dos tópicos contenidos en su título, en busca de referencias culturales más profundas para la política del momento. Por su parte, nuestro amigo Guillermo Andrade nos entrega una crónica de actualidad en “¿Versalles o Brest-Litowsk? El acuerdo nuclear de Irán”. Y como siempre, el economista francés Bernard Notin desnuda la realidad de la economía global, ahora en “La oligarquía criminal del occidentalismo”. Encontramos también todo un análisis del estado actual del mundo, en sus aspectos jurídico y político, en las “Notas sobre la dependencia de los Estados y la Globalización”, del jurista italiano Teodoro Klitsche de la Grange.


Pasamos a otro terreno con la entrevista al escritor francés Luc-Olivier d’Algange, ya conocido en Ciudad de los Césares, quien habla de la lengua como recurso contra la uniformación, de las remniscencias de lo más lejano y del momento del Paraíso. “Los Kalash, últimos paganos del Hindu Kush”, nos lleva al tema de la difícil supervivencia de esta etnia indoeuropea, según la conferencia del lingüista y estudioso de la mitología Jean Vertemont. “Navidades rabínicas”, del profesor argentino Arnaldo Rossi, enseña la interpretación del cristianismo que en ciertos intelectuales judíos se encuentra, y la recepción que ella tiene en medios católicos. “Autorretrato” es a modo de la despedida del fallecido escritor mexicano José Luis Ontiveros. Por cierto, el amigo que nos ha dejado es especialmente recordado. Por último, y como es habitual, los libros, siempre parte del bagaje que los seguidores de una cultura alternativa deben portar: Giorgio Agamben, Michel Houellebecq, el chileno Martín Cerda están entre ellos, así como el volumen que recoge las ponencias del Encuentro de la América Románica de Buenos Aires en 2014, y aquel que reune las visitas del escritor Miguel Serrano a Ciudad de los Césares. A más de las revistas recibidas. Todo un material para discutir, pues; y con ello, hasta la próxima: ¡salve!, lector.

domingo, 18 de octubre de 2015


DE CIUDAD DE LOS CÉSARES


AL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL





El público puede llevarse sorpresas. Los nombramientos en el Tribunal Constitucional no son el más apasionante de los temas para la mayoría de los chilenos, que bien pueden incluso no sospechar la existencia de este importante y –en ciertos círculos- discutido organismo. El último de estos nombramientos constituyó una tempestad…, en un vaso de agua, por el momento. Pues, descubrió The Clinic online*, el recién nombrado tenía un escalofriante pasado: nada menos que redactor y colaborador por “al menos siete años” de Ciudad de los Césares. Y ocurre que esta revista, informa siempre The Clinic, está “catalogada dentro del grupo de producción (sic) política y cultural neonazi (sic) por organismos de inteligencia”. Tal parece haber establecido la llamada Agencia Nacional de Inteligencia, en un “documento secreto”, emitido (en agosto de 2012) a petición del Fiscal Nacional Sabas Chahuán y por denuncia (!) de la senadora Lily Pérez.
Desde luego, hay que distinguir. La opinión que merezca la institución del Tribunal Constitucional, o el sistema de nombramiento de sus miembros, es una cosa. Otra, que cualquiera de estos miembros tenga las opiniones políticas que quisiere tener, de acuerdo a su libertad de conciencia –y en una sociedad tan liberal como la chilena-; o que colabore o haya colaborado en las publicaciones en que lo haya tenido a bien. Y otra todavía, que la publicación a que en este caso se alude sea objeto, en esta liberal sociedad, de una   inquisición –en el sentido propio de la palabra-, con “documentos secretos” –esto es, no susceptibles de contraste o refutación-; y que, en virtud de ello, por las imputaciones que se le hacen, se pretenda que la dicha publicación sea proscrita de la comunión cívica y del trato entre gente decente. Este último punto es el que nos interesa.
Hablamos de lo que se tiene por un crimen de pensamiento ‒ya que no de obras. Y mientras un turiferario de Pol Pot puede recibir algo más que tolerancia, y un apologista del Estado de Israel puede hasta tener asiento en el Senado de la República, en casos como este no hay redención ni clemencia. Mas, ¿serán efectivos cargos tan graves?
Hasta cierto punto, el público debería sentirse tranquilizado: si uno de los redactores de una revista llega a un organismo como el Tribunal Constitucional, quiere decir que la tal revista no es un grupo de skin heads. The Clinic reconoce que Ciudad de los Césares se ha defendido del “mote” de hitleriana, pero la impresión que deja es que hace fe de las conclusiones de la citada agencia de inteligencia. Cierto, los datos que proporciona son en general correctos; pero el método de asociación culpable que maneja (The Clinic o su fuente) no es el más adecuado para definir un pensamiento: tal es hermano o amigo de tal, tal autor es leído también por tales, etc.









Ciudad de los Césares es una revista de ideas; pluralista en sus temas y puntos de vista, aunque claro que con posiciones tajantes en algunas materias; original –creemos- y novedosa en el medio chileno. En sus páginas se puede encontrar desde L. F. Céline hasta D. H. Lawrence; desde Alberto Edwards y Joaquín Edwards Bello hasta Armando Uribe y Miguel Serrano; de Carl Schmitt a Foucault; del Che Guevara a Osama bin Laden, de Hugo Chávez a Jean-Marie Le Pen; del revisionismo histórico al esoterismo, y del Seguro Obrero a Santa María de Iquique, entre muchos otros temas y figuras. Autores nacionales y extranjeros de prestigio la distinguen con sus colaboraciones. No es fácil –ni honesto- reducirla a uno solo de sus intereses, ni deducir de ello perversas afiliaciones.
Sin embargo, según las ocasiones, CC ha sido “acusada” de nazi, pagana, tradicionalista, islamista o  chavista –acusaciones no siempre compatibles entre sí, desde luego-; pero lo que los acusadores no han podido hacer en ningún caso es armar un expediente con las pruebas del caso. Sólo palabras.
Veamos como lo hace The Clinic. “Han realizado [los redactores de CC] diversos homenajes a Miguel Serrano y otros autores afines al Tercer Reich” –dice. Dejemos por el momento los innominados autores afines al Tercer Reich, que hay más sobre Miguel Serrano: “permanentemente elogiado en los textos [de la revista] y hasta entrevistado…” Como Miguel Serrano fue entrevistado también por The Clinic, no se comprende el punto; y son seguramente muchos los que han estado o están dispuestos a rendir homenaje y a elogiar al autor de Ni por mar ni por tierra y Las visitas de la Reina de Saba. Por lo demás, desde esa entrevista que cita The Clinic (de 1989), corrieron muchos números de CC sin que se hablara de Miguel Serrano; hasta sus últimos años, cuando publicó sus Memorias ­–todo un acontecimiento literario en su momento- y fue postulado al Premio Nacional de Literatura; y, evidentemente, también con ocasión de su muerte. CC no parece haber hecho nada muy diferente a otros medios.
¿Y los autores afines al Tercer Reich? Se queda uno esperando precisiones. Como no se trate de “autores como Ernst Jünger, Julius Evola y Carl Schmitt, además de los chilenos Bernardino Bravo Lira –que también colaboró con ella [con la revista]- y Mario Góngora” (la lista de The Clinic). Sólo que de estos ninguno fue o ha sido nazi; y Jünger todo lo contrario (fue cercano a los círculos que planearon el atentado contra Hitler en 1944). La posible excepción es Carl Schmitt; pero –aparte de que es un disparate considerarlo un “fiscal general del Tercer Reich”- se trata de un autor cuya obra filosófico-jurídica trasciende una ideología particular –como que es el maître-à-penser de uno de los autores del programa de Bachelet. En cuanto a Bravo Lira y a Góngora, se trata de dos Premios Nacionales de Historia, cuya obra es lo suficientemente amplia y reconocida en el país como para que tengan necesidad de justificación. En suma, a todos estos autores podemos considerarlos testigos de la defensa, más que de la acusación.
Queda todavía Nicolás Palacios. Además de ser un autor que, por problemas cronológicos, no podría considerarse afín al III Reich, sólo ha sido tratado en CC en tres números (70, 72,73), con ocasión del centenario de su obra Raza chilena; en ellos no sólo se analiza críticamente las tesis “racistas” de Palacios, sino que se recuerda que es el testigo principal de la matanza de la escuela Santa María de Iquique (1907), un ícono de la izquierda en Chile.
Aquí está el punto, precisamente: se puede hablar de Palacios o de Serrano –dos autores muy diferentes entre sí-, o del que sea; la cuestión es qué es lo que se destaca o aprecia en un autor. Muestre la acusación, si puede, cuánto hay de nazismo en las interpretaciones o en los comentarios de CC.
The Clinic es consciente, además, que en una nota de 2004 (N° 70) se “desmenuzó” (en realidad, trituró) no un libro, sino un paper académico (!), un esperpento titulado “El neonazismo en Chile”. Su demolición podría haber disipado cualquier duda al respecto, pero The Clinic rehusa ahondar en la materia.
Entonces, ¿qué queda del nazismo con que se “moteja” a CC? ¿Habrá que pensar en un cripto-nazismo, tan bien disimulado detrás de un mundo plural de ideas que se pierde de vista qué es la realidad y qué el disimulo? ¿Donde una Führerschaft secreta manipula a los incautos redactores (y lectores) que por casualidad no son nazis, hasta que alguno de ellos, más avisado, escapa, un poco como los prófugos de Colonia Dignidad? ¿O hasta que los zahoríes de la ANI, mediante la hermenéutica de textos en que son duchos, descubran la siniestra verdad? Nada de esto es serio.
Viejos tiempos

Finalmente: el flamante ministro del Tribunal Constitucional se ha defendido, por cierto, de los cargos que se le hacen. Se comprende que, por la emoción del momento, sus recuerdos puedan confundirse: no dejó de participar en CC “hace como veinte años”, puesto que todavía participaba en ella en 2010 (ver CC N° 91). Lo que sorprende son sus palabras: “me opuse siempre a cualquier intento de manifestación que pudiera interpretarse como apología o comprensión (?) beneficiosa de alguna ideología”. Es decir, nuestro ministro declara profesar la más completa neutralidad ideológica. Probablemente es lo que algunos esperan de un miembro del Tribunal Constitucional. Que todos se la crean, es otra cosa. Con seguridad, no es lo que ha pretendido nunca CC.R

lunes, 16 de marzo de 2015

SE  LANZÓ

EL PEREGRINO DE LA GRAN ANSIA

LAS VISITAS DE MIGUEL SERRANO
A CIUDAD DE LOS CÉSARES

La obra, edición conjunta de Revista 
Ciudad de los Césares y de Editorial Aurea Catena, fue presentada por el escritor Antonio Gil el  miércoles 6 de mayo , a las 19 horas, en el Museo Vicuña Mackenna de Santiago.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Entrevista a Mario Góngora


 
LA ÚNICA CULTURA AMERICANA

ES LA DEL RESENTIMIENTO

 
Una entrevista al historiador Mario Góngora



«Hay consenso general en que Mario Góngora es el historiador chileno que más se destaca entre los de su generación y ha sido, ciertamente, uno de los más respetados historiadores latinoamericanos de las décadas recientes», decía el historiador británico Simón Collier (The Híspanic American Historical Review, v.63, N° 4, nov. 1983). Más que un profesional de la ciencia histórica (como tal, descuellan sus obras El Estado en el Derecho indiano, 1951; Origen de los 'inqulinos' de Chile Central, 1960, 1974; Encomenderos y estancieros, 1970, etc.), Góngora (1915 -1985) fue un pensador profundo, de inspiración tradicionalista y spengleriana, de lo que dan testimonio su Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX (1982) y los artículos recogidos en Civilización de masas y esperanza (1987) –ver la recensión de éste en CC 2 (julio-agosto 1988) y, en general, "Nacionalismo, tradicionalismo, conservatismo", CC 31, julio-oct 1993).
La entrevista que presentamos a nuestros lectores fue realizada por Hombre y Universo, revista cultural estudiantil de la P. Universidad Católica de Santiago, en junio de 1982, y reproducida por la recordada revista Noreste, de junio de 1990 (Beltrán Mena, director de esta publicación había sido también director de la primera). No se encuentra recogida ni mencionada en Civilización de masas y esperanza. De ahí el interés adicional -esto es, aparte de su contenido- que tiene el proponerla en CC, según el texto de Noreste.


 
[Entrevistador] Herder, Spengler y, pienso, también Toynbee ven en las grandes culturas precolombinas un caso muy excepcional de culturas que fueron interrumpidas en forma violenta estando plenamente vivas. Sin embargo, no se pronuncian respecto a lo que pasó luego de la conquista, si hubo una especie de transfusión o si ocurrió su muerte definitiva.
[M.G.] Bueno, con el conocimiento que tenemos de las culturas precolombinas, no es fácil decir en qué etapa cultural estaban en el momento de la conquista. En el caso del imperio persa o del imperio romano puede decirse que estaban en las etapas finales de su cultura, allí había un imperio organizado. Tal vez imperio incásico estuviera también en una etapa final, pero en el caso de otras culturas no hay una unificación final.   Necesitaríamos más información para saber hasta qué punto estaban vivas todavía.
Ahora, por qué no se pronuncian los morfólogos de la cultura europea sobre el período posterior, eso encara justamente todo el problema del que estamos hablando, ¿no?
Los europeos encuentran América como un Nuevo Mundo, pero este nuevo mundo es para ellos opuesto a la mente occidental, cortan, decapitan las viejas altas culturas, sólo quedan comunas indígenas. Se realiza el intento de colonización, o sea, el traslado de formas culturales europeas a Hispanoamérica.  En este traslado se preserva la cultura occidental, más bien sólo se prolonga en forma debilitada en lo que solemos llamar colonial. En consecuencia, no nace aquí una nueva cultura, eso es lo que me parece reconocer y no que exista una cultura nueva, con símbolos primordiales propios.
La cultura que existe es una cultura occidental prolongada. Debilitada en el sentido de que en este mundo colonial no se vive  íntegramente la dialéctica interna de la cultura europea, sino que se van recibiendo sus resultados. De todo el proceso que vive Europa, desde el siglo XVI, su Renacimiento, su Reforma, su Barroco, sus conflictos religiosos, sus logros culturales, la Ilustración, el Romanticismo, etc., etc., hasta ahora, parecería ser que América española (no sé en la América inglesa, hablemos de la española, que conozco más) va recibiendo sucesivamente productos ya hechos, pero no vive internamente el elemento dialéctico del que han ido surgiendo.
En un primer momento, estos resultados se reciben a través de España, luego se conocen productos literarios, artísticos, políticos, a través de la influencia francesa, es el caso de la Enciclopedia y del siglo XIX; por último; hacia 1930, 40, viene una invasión de civilización mundial de masas, que se atribuye en un comienzo a Norteamérica, pero en la cual está incorporada en realidad Europa. Es una civilización masiva, internacional. Esto, entonces, dificulta mucho más la existencia de una cultura americana propia. Este mundo internacional que se vive sofoca, por decirlo así, casi toda posibilidad de cultura nacional.
¿Dé qué forma eran recibidos estos productos europeos? ¿Provocaban algún debate? ¿Qué tan asimiladas eran estas ideas?
Bueno, hay distintos grados de recepción, hay recepciones superficiales y otras más vivas por parte del americano. En el campo político, durante la Independencia, trata de asimilarse en todos los estratos hispanoamericanos la democracia liberal estilo europeo, que triunfa en Europa después de la Revolución Francesa. Sin embargo, detrás de esta fachada liberal aparecen en la línea política real hispanoamericana liberalismos o conservantismos antiguos, irreconocibles por un liberal europeo. Aparece, por ejemplo, el caudillismo, fenómeno tan propio, tan peculiar de Hispanoamérica, más primitivo que el caudillismo que existía por lo demás en España. De modo que la forma democrático-liberal es una fachada detrás de la cual hay una vena política propia, diferente.
En filosofía, hombres como Andrés Bello intentan una asimilación más seria, a un nivel más profundo, de ciertas escuelas filosóficas europeas. En Chile, un poeta como Vicente Huidobro vive más de cerca todo el movimiento de la poesía francesa de 1914-30.
De tal manera que hay grados de recepción distintos, más o menos profundos; pero que uno pueda reconocer en ello una cultura americana diferente, eso es distinto.
¿Existe algún intento de definir lo propio y de ir a ello en América? ¿Existe algún grado de aceptación de sí mismo en los americanos?
Es que no se sabe. Luego de la muerte de las culturas indígenas, no hay una conciencia cultural clara. Los estados nacionales logran crear cierta conciencia política, existe Chile, existe Argentina, Brasil; se crea por lo menos una conciencia político-territorial, eso es cierto.
Pero conciencia cultural..., bueno, hay niveles distintos, niveles diferentes de conciencia cultural, para unos ésta consiste simplemente en estar al tanto de todo lo que se está produciendo en Europa y en los Estados Unidos. Para otros la conciencia cultural tendría que ser el revivir los mismos pensamientos que se van dando en Europa, en toda su dialéctica propia, en todo su movimiento interno, intentar eso. Pero una conciencia cultural, así como se dice Europa... El europeo se siente europeo, en Europa o fuera de Europa. Yo no veo claro que un hispanoamericano o portugués-americano tenga conciencia de lo que es.
¿Es indispensable el tener esa conciencia cultural para que exista una cultura que puede ser de otra forma, intuitiva?
Claro, pero entonces no podemos hablar de ella todavía, a lo mejor existe. Hay etapas más arcaicas de una cultura, en que está oculta bajo el prestigio de formas culturales anteriores. Europa misma en sus comienzos se siente parte del imperio romano, en los comienzos de la Edad Media; no adquiere conciencia todavía de ser Europa. Ahí está lo imprevisible, de este modo es posible que estuviésemos en una etapa inconsciente.

Tal vez no sea tan imprevisible ¿Cree Ud. que en la época colonial se encuentra algún elemento del cual no se tuviera conciencia en ese momento, que visto desde nuestro actual punto de vista revista cierto carácter de originalidad cultural?
Los europeos primero creen encontrar las Indias. Colón cree llegar a Oriente, se esperaba Jerusalén. Los misioneros del siglo XVI creían una nueva cristiandad posible. Después los norteamericanos proclamaban que la civilización se traslada de Europa a América. De tal manera que la idea de lo nuevo, de lo opuesto, es yo diría lo más original que tienen algunos sectores del mundo colonial. Pero ser nuevo, por sí solo, sin determinarse, sin configurarse contenidos..., lo nuevo es simplemente la oposición a lo antiguo, ni implica por sí mismo un contenido formalmente diferente. Por otra parte, son europeos los que dicen que esto es el Nuevo Mundo, son los europeos los que descubren aquí la oposición a su propio mundo europeo y que por eso viajan, es lo exótico, el salir de Europa, el encontrar aquí posibilidades que no han tenido allá, Pero no podemos llamar a esto una cultura.
Los morfólogos de la cultura dicen que la cultura europea se define por tener como símbolo primario el espacio infinito. Aquí en América, los hombres que buscan América como algo nuevo buscan simplemente lo que no está sujeto a las mismas formas culturales europeas, lo que es libre en el sentido político, religioso, etc... Pero no puede definirse en este caso un símbolo primordial. Aunque el carácter de nuevo mundo sea lo más original hasta ahora, no es suficiente para decir que conforma una cultura; por lo menos así me lo parece.
¿Dónde podemos situar la primera generación que se siente americana? ¿Dentro del período colonial mismo? ¿En la generación que va a hacer la emancipación?
Parece que en el XVIII hay ya clara conciencia de ser "otros"; pero no todavía "naciones".
¿En base a qué?
Ven la naturaleza como algo nuevo. Pero están movidos más bien por el… resentimiento. O sea, demostrar que el mundo criollo, el mundo americano no es inferior al mundo europeo y que basta con que sea educado, cultivado o libre políticamente para ser lo mismo que el europeo. Ahí hay un resentimiento más que la revelación de algo nuevo que emerge. En el siglo XVIII, los jesuítas expulsos, toda esa literatura, los norteamericanos estilo Jefferson, etc..., son más bien una oposición al mundo, un afán de igualarse al mundo. En el fondo es más bien un resentimiento que la afirmación de una nueva visión.

Actualmente, en Chile, se insiste mucho en buscar el origen del pueblo, y se le busca en el "aborigen", se da mucha importancia a la raíz araucana, diaguita..., en fin. ¿Esto no es, entonces, nuevo, sería aún resentimiento?
En parte, todo grupo humano busca sus orígenes, eso ya sería constante, general; en ese sentido no sería resentimiento, sería un reconocimiento de las propias raíces, podría ser auténtico, pero suele ir mezclado con lo otro. Yo siempre veo el caso de los jesuítas, un Clavijero por ejemplo y su doble motivación, el resentimiento por un lado (siempre han sido expulsados, disueltos por el Papa, en fin) y en parte por esa constante de reconocer sus antepasados, que es positiva, valiosa.
En ese sentido la admiración por la cultura francesa –fundamentalmente- podría ser considerada en oposición a la cultura española, de algún modo como reflejo de ese resentimiento.
Claro, puede tal vez serlo, porque yo dudo que los hombres admiradores de Francia hayan vivido realmente la cultura francesa en toda su dialéctica interna. Se sienten entusiasmados, por ejemplo, por Victor Hugo, que en el siglo XIX tenía un gran prestigio poético, pero no saben que detras de Victor Hugo está el romanticismo alemán. Es curioso eso, no hay verdadero romanticismo en América. Porque el romanticismo es demasiado una apelación a un germanismo primitivo, no concordaba con este otro afán de libertad política de los americanos del XIX; en cambio, los románticos franceses son de tipo liberal, social. Ven en ellos, entonces, la contraposición al dominio español.
Por otra parte parece ser que España tampoco comunica; yo creo que Hispanoamérica tampoco vive el Siglo de Oro. O sea que tampoco hay una base cultural española sublime. Cervantes, Calderón, hay muchos que no han sido vividos en América, no se han vivido los dramas internos de "La vida es sueño" o la nota cervantina, en fin. España, cuando fue culturalmente creadora, tampoco dio eso.
            ¿Cree Ud. que se traslada a América ese sentimiento de desazón, de una cierta frustración que parece existir en la cultura española después de este gran período?
            Sí no se vive el Siglo de Oro, tampoco puede vivirse su caída. Yo creo que Garcilaso, Fray Luis de León, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Góngora (bueno, de Góngora dicen que hay imitación de su poesía en ciertos escritores coloniales, ¿no es verdad?), pero bueno, en fin, no creo que se viva todo el proceso del Siglo de Oro. En consecuencia, el derrumbe de España, que siente Quevedo, por ejemplo, que yo sepa tampoco se vive en América.
Simplemente se vive la realidad colonial, la administración española, la piedad católica oficial, no se ve la crisis. Viene a sentirse la crisis en el XVIII, en el período de la Ilustración, ahí España deja de ser maestra, es como discípula del resto de Europa; eso sí repercute en América.
Pero la gran cultura española, que se puede decir agoniza en 1650, yo creo que no se vive. Lo francés, bueno, sería un intento de beber la cultura moderna; en esos distintos niveles de recepción que hablamos aparece más vivo el afán de modernidad; por ser nuevo mundo, justamente, creen que pueden vivir mejor lo moderno, mejor que España. Entonces encuentran a Francia.
Si el Siglo de Oro no se traspasó a América, ¿qué se vivía en América en esa época, de qué se tenía conciencia?
Primero, había lo religioso, que sería todo un problema digno de pensarse. Había una conciencia católica, a lo hispánico ¿no? De devoción popular profunda y dirección total por el clero, no de vivencias religiosas personales. Pero existe eso que es capital en Hispanoamérica, lo católico. De lo cual yo aprehendo esos dos rasgos fundamentales: una devoción afectiva profunda, una decisión inquebrantable, de entrega y por otra parte una dominación por el clero, la creencia de que lo decisivo en la Iglesia es la obediencia incondicional al clero: esto se ve hoy día con claridad, el clero cambia de signo, de posición política, pero se entiende que no se le puede desobedecer. Eso es importante.
Segundo, hay lo que se lee, según se ve en bibliotecas: se leen bastantes libros de caballería, que alimentan la imaginación, pero grandes novelas no. No se conoce el Quijote, por ejemplo; hay sólo una biblioteca, la de los Lisperguer, que lo tenía. Existen listas de inventarios de bibliotecas recolectados por otra gente, por mí, etc... Son textos de caballería fundamentalmente, hay Sto. Tomas, Sta. Teresa, algo de novela picaresca, historia española del XVI, literatura devota. Esto en las bibliotecas particulares, además existen bibliotecas profesionales, de Derecho y Teología.
Le repetimos una pregunta que nos respondió en parte. ¿Se crea siquiera en América el debate en torno a las ideas europeas? ¿O no se da siquiera el debate?
Bueno, ahí vino el debate célebre de fines del XVIII, lo que Gerbi, un investigador reciente italiano, llama la "Disputa del Nuevo Mundo"', que versa fundamentalmente sobre una defensa de América frente a la imagen rebajadora de ella que existe en Europa. Se dice, por ejemplo, que América hace degenerar las especies. Entonces salen en defensa de los americanos estos jesuítas expulsos, o una infinidad de escritores de fines del XVIII. Esta defensa frente a Europa es, ya lo dijimos, en parte por polémica, en parte por resentimiento y en parte por reconocimiento patrio.
Ese es el gran debate entonces. A lo largo del XIX, del XX, el debate ha sido incesante, el ver si América es o no es, si tiene o no tiene, Ahí viene una serie de grandes pensadores, Bello, recogiendo al nivel más alto posible: para él la filosofía europea y, a un nivel más profesional, el derecho. Sarmiento, más bien reconociendo América como América, como bárbara, etc..., pero proponiéndole como modelo de civilización a Estados Unidos, no Europa (ahí habría una postura diferente, americanista). Vasconcelos, en México, piensa que América puede no sólo recibir influencia de la cultura europea, sino también de la India, del Oriente.
El debate se prolonga incesantemente, siempre tratando de afirmar que América es diferente, pero yo pienso que justamente en eso hay un motivo de resentimiento. En vez de vivir sin comparación, se compara.

 Parece ser que es en el campo de la creación política donde América más se acerca a un camino propio.
Lo político sería la vivencia fundamental de los hispanoamericanos desde 1810. Digamos, desde el momento en que tienen ya destino propio, comienzan a ser personas propias, personalidades; van surgiendo los caudillos. Va surgiendo un clima un poco del Lejano Oeste: el caudillo entrega todo, cambia de posiciones, despierta la admiración; cuando cae, cae víctima del odio más feroz. Hay un "maquiavelismo" muy fuerte en América. Lo más vivo viene a ser la política, con estas personalidades caudillescas, que dominan el arte de la política, con todas sus astucias, tienen una originalidad "cultural", sin plantear ninguna doctrina (pero eso es también propio de América, ¿no?). Este caudillismo prosigue en el siglo XX con caudillos civiles, como Alessandri el viejo. En fin, caudillos que varían, que se hacen algunos más rústicos, estilo Rosas, otros más civilizados, manejando lo económico, lo técnico.
Pero mire, eso más que una cultura es como una vida política de frontera. Es como que en las fronteras de Occidente se da entonces esto con fuerza, desde Bolivar hasta hoy.
¿A qué puede deberse esta admiración general de los americanos por ciertos personajes como Bolívar y San Martín?
Creo que no habría otros, me refiero a Bolívar más que nada; San Martín es una admiración argentina. Bolívar sirvió como símbolo, como una oposición al norteamericanismo.
¿Considera Ud. que Europa conserva una cultura propia o está sumergida en esta "civilización mundial de masas"?

Claro, algo tiene todavía, pero evidentemente ya en retirada frente a esta mundialización. Al comienzo se le sintió sólo como una "norteamericanización", pero ya aparece como una cultura masiva global, en que colaboran formas europeas, italianas, por ejemplo, pero en un plano mundial.
Descripción: Logo chico.jpgEn las capas populares tal vez... todavía se puede decir "el pueblo inglés", pero van desapareciendo.
 
Publicada en Ciudad de los Césares N° 46, Invierno de 1997.