jueves, 4 de septiembre de 2014

Nuevo número

Ciudad de los Césares N° 103
 
 
SEPTIEMBRE / NOVIEMBRE DE 2014

sábado, 30 de agosto de 2014


PRESENTACIÓN DE
CIUDAD DE LOS CÉSARES N° 103

Los aniversarios ritman el tiempo, hemos dicho, y cuando ellos nos recuerdan –o mejor: reactualizan- hombres y gestas ejemplares, debe ser para que que seamos dignos de tales exempla, para estudiar creadoramente una obra, para tener presente un origen. En el año en curso se cumple, nada menos, el Bimilenario de la muerte del Emperador Augusto; y si se trata de muertes más próximas a nosotros –en muchos sentidos-, cómo no recordar los Cuarenta años de la desaparición de Julius Evola, o los Veinte de la de Carlos Disandro, maestro y colaborador de Ciudad de los Césares. De todo a su tiempo se podrá hablar.

Por ahora, en el presente número, nuestro director, E.R., aborda en La dura escuela el tema de la educación en Chile, tema puesto de nuevo de actualidad por la palabrería sedicente reformista, y remata su contribución con la mirada sobre la guerra genocida contra Gaza. Paralelamente, el ex miembro de la Cámara de Representantes de USA, Paul Findley, denuncia: Washington es cómplice en los crímenes de Israel. Las Variedades de G.A. (Guillermo Andrade) incluyen en esta ocasión la demografía, la inmigración, el plagio del neomarxismo a la extrema derecha y el método para rehacer el mapa del mundo, para uso del poder global-invasor. El historiador español Ernesto Milá, en Lo que ha sido el juancarlismo y la dicotomía ‘monarquía-república’, pone de relieve el verdadero problema político en España. Y como de costumbre, el economista francés Bernard Notin analiza la economía mundial, preguntándose: El desarrollo sustentable, ¿nueva máscara de la oligarquía occidentalista?

Continuando con la publicación de las ponencias presentadas en el Encuentro de la América Románica de Política y Cultura Alternativas, celebrado en Septiembre del año pasado, éste es el turno de la que presentó Francisco de la Torre, de Ecuador: El mito imperial en la América Románica. Se publica por ahora la primera parte.

En la segunda mitad de su ejemplar, el lector encontrará Acuerdo de vida en pareja, del ensayista francés Xavier Eman, una sabrosa crónica “de sociedad”; Taxidermia-Taxonomía-Taxomanía, del ensayista Renato Carmona, quien prosigue con sus temas de historia conceptual, tan importante para la batalla de las ideas; Stefan George: poesía y combate, en la que el escritor francés Luc Olivier d’Algange rinde homenaje al poeta de la Alemania Secreta y del Nuevo Reich; y Arturo-cuervo: una variante del tema del “Rey Oculto”, del historiador italiano Renzo Giorgetti, sobre un aspecto poco conocido de la leyenda del Rey Arturo. El poeta chileno Álvaro Robles canta El nuevo rugido del León, y el escritor mexicano José Luis Ontiveros medita, en Páginas y Estatuas, sobre el discutible honor que a veces merecen los hombres de letras, a propósito de un (frustrado) homenaje a Miguel Serrano. Para cerrar, como siempre, con los Libros, armas de un combate cultural: Alexander Dugin, Claudio Mutti, Alain de Benoist, Eduardo Anguita, Miguel Serrano y Sabela P. Quintela son los autores esta vez reseñados. Y se completa así este nuevo número, en el año XXVI de Ciudad de los Césares.

 

 

sábado, 26 de julio de 2014

Tolkien


 


TRADICION HESPERICA Y REALIZACION LIRICA

 

A propósito de la obra de
John Ronald Reuel Tolkien (1892 - 1973)


 


1




 
Después de publicados los artículos del Nº15 de Ciudad de los Césares sobre la narrativa y personalidad de T., tomé por fin contacto con la obra del singular artista inglés. La relectura de dichos artículos me dejó entonces con una cierta insatisfacción. Pues Gondinet concibe lo fantástico casi como una evasión gnóstica de la realidad, lo que le permite apelar a G. Bruno o Evola para encuadrar una obra que entiendo va por otros caminos. De allí incluso que signe al universo tolkiano como maniqueo y caracterice la del hobbit como una existencia a dejar atrás. También como una rémora parece concebirla Ontiveros cuando subraya la distancia entre esa existencia y la aventura; su interesante reflexión sobre el habla y los personajes de T. yerra además al sostener que los elfos son los creadores del lenguaje. Como lo revelan los primeros párrafos del Ainulindale, o Canto de los Sagrados (Silmarillion, lib. 1), el lenguaje cantado estaba en la existencia divina  antes que fuesen el mundo o sus creaturas élficas o humanas. Y en eso el artista inglés parece coincidir en alguna medida con el mito helénico de las Musas, tan bella y hondamente explicado por W. Otto, y sobre todo con lo que señala San Juan en el prólogo de su Evangelio sublime. El lenguaje sería en suma para él una dimensión inescindible de la vida divina, que preside el desarrollo del acontecer temporal y de algún modo lo contiene, y los elfos creaturas que recogen y despliegan esa dimensión de modo especialmente articulado, decisorio e incluso imprevisible: nada menos, pero  también nada más.

Con los citados artículos como trasfondo estimulante, vayamos pues no obstante sin mediaciones a la obra misma del noble escritor inglés, para ver de echar en ella una sonda que nos permita calibrar aspectos complementarios o corregir lo que convenga, y que sirva sobre todo a la reanudación del acto de pensar, que es lo que urge.

 

2

 

Para eso parto de una afirmación capital: el valor fundante de la poesía. Y ello en dos niveles concurrentes: dentro del universo que T. narra, y como instancia vertebradora de su propia palabra narrativa.

Pues en el interior de ese universo aparece el lenguaje-canto ante todo en la dimensión absoluta, pre-histórica y pre-cósmica, que recién aludimos. Y desde ella pasa además al acontecer histórico (tal como lo presentan p. ej. El Hobbit y sobre todo El Señor de los Anillos), para determinar el rumbo de cada personaje decisivo, estimularlo a reasumir sagradas raíces ancestrales o a anticipar aquí y ahora lo que será la existencia del personaje en cuestión o de su estirpe en el estado definitivo del mundo; la poesía sorprende, penetra e impulsa a cada uno por encima de sus falencias, como a los hobbits protagonistas de la acción, a la realización de la gesta heroica donde lenguaje poético y existencia encuentran el mejor ámbito para su interpretación mutua. Pero más allá de este papel dentro del universo tolkiano, la poesía cimenta la propia palabra del artista: quiero decir que no incide en el relato sólo como una instancia doctrinaria a la que el autor o sus personajes de pronto recurran. No, constituye una fuerza viviente, generativa, que decide la articulación íntima de cada capítulo, del entero relato, sin ella inexplicable.

Si nuestro interés fuera discriminar doctrinariamente qué valor da nuestro autor a la poesía, deberíamos partir del ya aludido pasaje del Canto de los Sagrados. Pero aquí no interesa tanto lo que piensa el inglés sobre ella, como verla operando al resolver y dar significado a escenas decisivas de su relato, que tomaremos en particular del libro 1 del S. de los A., como modelo de lo que pensamos vigente en su totalidad.

 

3

 

El cap. 3 p. ej., Tres es Compañía, narra la partida de los hobbits íntimamente unidos, Frodo, Sam y Pippin, anticipados por Merry, el cuarto, con quien volverán pronto a unirse. No del todo conscientes aún, ni cada uno en la misma medida, van en realidad a destruir el supremo Anillo del poder maligno, portado por Frodo, arrojándolo al volcán donde fuera perversamente forjado, en medio del reino de Mordor, principal concentración del terrorífico poder del Enemigo en esa edad del mundo, la tercera según T., a punto ya de terminar.

Terribles advertencias, encuentros y presagios ominosos los urgen a salir en un otoño conmovedor y melancólico, con la insondable nostalgia de quien abandona la tierra natal, a la que no sabe si volverá. Pero los lleva también el deseo de acercarse a la bella existencia de los elfos y sus incomparables cantos, de la que algunos de los hobbits sólo oyeron a través de sus viejos poemas; los apremia el ansia de reencontrar a Bilbo, el viejo hobbit antes aventurero y después poeta, que vive ahora entre los elfos justamente y que compusiera otrora una canción que, imprevistamente incluso para él, aparece de pronto en boca de Frodo, guía indiscutido de esta compañía pequeña:

 

Siempre el camino sigue y sigue

rodando, de la puerta en que ha empezado.

Hoy fue el Camino lejos por delante

y mi deber es ir detrás, si puedo,

con pies cansados, persiguiéndolo

hasta que se una a alguna mayor vía

donde muchas y errantes sendas halle.

¿Y adónde entonces? No lo sé decir.

 

El poema desentraña, como se advierte, la disponibilidad de estos seres menores al Camino y la Aventura: los purifica de posibles remanentes erosivos de su justificada nostalgia; los exhorta al riesgo, sólo después del cual aguarda la Victoria; abre en fin el sendero, que ellos leal y dolorosamente siguen, a una Vía vasta, integrativa, que puede en sí misma albergar todas las posibles direcciones fructíferas. En otras palabras, la ruta específica de esta gente pequeña, su propia y entrañable hermandad, decide con este canto no sólo abrir su Compañía a otros seres imprevisibles y nobles, sino también templarla, recorriendo los terrenos erosionados por la repugnante variedad de las estirpes, a la vez oprimidas y opresoras, que al reino de la sombra pertenecen.

Pero aunque la canción subraye, sobre todo, riesgo e incertidumbre, la poderosa imagen del camino que desemboca en esa vasta ruta poblada de sendas y direcciones imprevistas evoca, en su trasfondo, el Canto de los Sagrados tal como fue en el principio. Entonces Ilúvatar, el Dios paterno originario, propuso a los Ainur, dioses brotados de su pensar, diversos temas musicales. Cada dios, cada Sagrado, cantó empero ante todo en soledad, o en unión sólo de algunos de los otros, pues cada uno entendía de la mente de Ilúvatar sólo la parte que específicamente le concernía. Fueron después empero acrecentando lentamente su comprensión de la hermandad común, hasta que por virtud de su oído, atento a lo profundo, comenzó desde todos a crecer la articulación de un son armonioso y unísono, grato al Padre. “Desde entonces, sigue el texto, jamás los Ainur han hecho música como esta música, aunque dicho está que una mayor aún será hecha ante Ilúvatar por los coros de los Ainur y los hijos de llúvatar (los elfos y los hom­bres) después del fin de los días. Entonces los temas de Ilúvatar serán diestramente ejecutados y adquirirán Ser en el momento de su proferición, pues entonces todos entenderán cabalmente en sus partes específicas la intención de El, y cada uno conocerá la comprensión de todos los demás, e Ilúvatar dará a los pensamientos de ellos el fuego secreto, por estar complacido” (Silm, lib. 1). Congruente con esta música suprema sería pues esa Vía mayor donde desemboca el Camino propio de los hobbits, aunque ellos, como todas las estirpes, antes de integrarse en la dirección unisónica y definitiva tengan que recorrer también múltiples sendas errabundas a través del dolor, la estridencia y la sombra.

La incertidumbre subrayada por su canto no anula sin embargo el temperamento entre ingenuo y casi alegremente irresponsable que caracteriza a los hobbits; no puede abolir su apego hogareño a una buena pipa, una mesa capaz de satisfacer su voracidad, un vino estimulante, un bello jardín; no obsta a su inclinación a la broma, a la comodidad de una casita, cueva o cama confortable, a las viejas canciones o las conversaciones curiosas de las andanzas de parientes y vecinos. Son como los héroes de los cuentos tradicionales, en apariencia por debajo de las circunstancias, pero insospechadamente capaces de afrontar hasta el fin el camino de la hazaña.

Por eso puede nuestro capítulo seguirlos después que dejaron ya atrás los peligros que con su grávida opresión los acecharan durante el día, tras haberse confortado frugalmente en el interior de un árbol semiderruido, cuando los va cubriendo el crespúsculo y asoman, trascendiendo los árboles, estrellas cada vez más tupidas y espléndidas. Comienzan a marchar en orden y acompasadamente, el desasosiego se les disipa por completo, canturrean y, al entonar un nuevo poema de Bilbo Baggins, se afianzan, ahora los tres, en su específica instalación dentro de la existencia.

 

Sobre el hogar el fuego es rojo

y bajo el techo hay una cama;

mas nuestros pies aún no están cansados

y tras la esquina puede haber

un árbol súbito, una piedra erguida

que nadie vio, sino nosotros solos.

 

Árbol y flor y fronda y grama,

¡deja que pasen, y que pasen!

Colina y agua bajo el cielo,

¡de largo pásalos y pásalos!

 

Quizá aún aguarde tras la esquina

un nuevo rumbo, una secreta puerta,

y aunque hoy de largo los pasemos

quizá mañana aquí volvamos

a tomar los senderos escondidos

que hacia la Luna corren o hacía el Sol.

 

Manzana, espina, nuez, endrina,

¡déjalos ir, déjalos ir!

Arena, estanque, piedra, valle,

¡que os vaya bien! ¡Adiós, adiós!

 

Detrás la casa, al frente el mundo:

muchas sendas a hollar entre las sombras

rumbo al fin de la noche, hasta que todas

las estrellas esplendan.

Luego (el mundo detrás la casa al frente),

querremos ir a casa y a la cama.

 

Niebla y penumbra, nube y sombra,

¡se esfumarán, se esfumarán!

Fuego y antorcha, carne y pan,

¡y después a la cama, y a la cama'

 

Los hobbits reasumen pues aquí las raíces de su propio ser, y lo hacen, es significativo, inmediatamente antes de su primer encuentro con los elfos. Con ellos van de ir anudando, como luego también con los hombres y enanos auténticos, una convivencia anticipatoria de la que T. presume en el estado definitivo del mundo. Mas ni ahora ni entonces deben estos pequeños seres perder la especificidad que su canción afianza.

Este afianzamiento ya lo dijimos,  no es clauso sin embargo, sino abierto al camino y la aventura integrativos. Cantan por eso los hobbits el árbol o la piedra inesperados, el sendero nuevo, la puerta secreta que hay que franquear para que los pies se cansen y la vida personal adense a través de un dolor de melodioso destino: pero ése su andar será entre sombras, hasta que la noche termine y las estrellas todas (o las estirpes congruentes, añadimos) se eleven a su máximo esplendor. Los sesgos erosivos de tiempo y mundo “¡se esfumarán, se esfumarán!” entonces, y el hobbit retornara a su sencilla incardinación cotidiana: a una luz, un fuego, una casa, un descanso abrigado y sin fin.

Hay pues, qué duda cabe, una tensión entre la comodidad que cobija inicialmente a estos seres pequeños, y la Aventura que los abre. Ella no se resuelve empero gnósticamente: hombres y hobbits partimos de una concreta radicación corpórea, sensible, telúrica, la cual no debe ser abandonada no obstante en un itinerario sin retorno. Nada nos exige aquí por ej. que borremos los límites de nuestra incardinación en la forma corporal a través de una exasperación sexual orgiástica que se deba mantener insatisfecha, en una experiencia enervante donde los reclamos de nuestra corporeidad queden de lado, para que la existencia logre así trasladarse más allá de lo físico, paroxísticamente aniquilado. Nada nos pide que asumamos ritualmente una violencia que con el despliegue de heroicas hazañas que proponga no el logro de una concretísima victoria donde reposar, sino la liberación constante de una energía metafísica, y por eso sin límite, conformidad histórica ni descanso. Todo esto integra por cierto una constelación gnóstica que en alguna medida afecta a la profundidad conceptual e iniciática de un Evola. Pero en T. nada tiene que hacer: el inglés y sus hobbits le oponen un itinerario que culmina, según indica la canción de Bilbo, en una nueva radicación, más honda ciertamente que la inicial, más consciente de la totalidad histórico-cósmica y de sus metafísicos sostenes, pero radicación al fin en las formas dichosas de este mundo articulado, en el irrenunciable, alegre e ingenuo disfrute de hobbit a propósito de la vida cotidiana. Este es el aporte específico de las pequeños a la guerra total contra el poder sombrío,

 

5

 

Pues con su ilusión sustitutiva, irremediablemente clausa y desintegradora, atenta el poder de la sombra también contra la feliz convivencia de lo simple, la dicha de una mesa compartida, la radicación de una broma ingenuamente venturosa, como un cuento de Chaucer, un personaje o escena de Dickens, una paradoja chestertoniana. En suma, que el poder maléfico y disonante, al levantarse contra todo lo noble, apunta también contra esa merry old England de nítidos trasfondos medievales, que T. ama e inserta en la Tierra Media de su ficción  a través de estos hobbits insólitos que con tan insospechable energía combaten contra el poder escindente y corruptor,  aparentemente dueño de todo cada vez que una Edad termina.

Esto nos obliga a una segunda afirmación capital: la poesía de T. y el universo que en ella se funda son íntegramente recorridos además por una fuerte tensión escatológica.

Pues obvia es su recurrencia a la arkhé, al sacro trasfondo ancestral que El Silm explora, pero que refluye también sobre el presente,  el kairós, el acontecer irrepetible enfrentado por Frodo y los suyos. Ese acontecer, la guerra, narrada en el S. de los A desemboca no obstante, como anticipamos, en un eskhaton, en el fin de una Edad cósmico-histórica, la Tercera según el cómputo tolkiano, y por allí en el repliegue de elfos, hobbits y enanos para que comience la Cuarta Edad, a cargo de los hombres. Estos dentro de su propio ciclo y existencia tendrán que resumir seguramente las virtudes de las estirpes replegadas, y con ellas enfrentar por fin el reino, más sombrío aún, que connota el eskhaton de su Edad específica, y de las Edades todas, ése que en lenguaje ahora no tolkiano, pero sí probadamente tradicional, se denomina Reino del Anti-Cristo.

Sin embargo el acontecer inserto en la novelística de T. es escatológico también en un sentido más profundo, ya en realización
aquí y ahora, pero trascendente de todos modos a esta guerra contra una malignidad en un momento dado abrumadora, y sin embargo en definitiva episódica, fugaz y por eso inepta para cimentar ningún maniqueísmo. pues por encima de ella existe el lenguaje poético, asumido sobretodo por la bella, musical, etérea consistencia de los elfos; la regencia política reasuntiva y salutífera, responsabilidad de los hombres; la pericia artesanal asistida por una tenacidad indoblegable, propia de los enanos; la cordial instalación de hobbit en la alegría cotidiana. Todo, también esto último, es escatológico: ha comenzado ya, pero acrecentado por el dolor de camino y aventura, su destino es afianzarse y perdurar impredeciblemente en la música unísona de dioses e hijos de Dios, luego del fin de los días, más allá de las guerras terribles, pero acrecentadoras. Allí como brasa que no se consume arderá pues sin duda la alegre y vieja Inglaterra, asumida por T. en el símbolo del hobbit.

Y no es T. sin embargo el único que ha meditado expresamente esta perduración escatológica de una patria, la suya, a menudo mediadora eficaz, por experiencia lo sabemos, de energías espurias, pero que debe recelar también en su fondo, por alegre y antigua, raíces que ni a los ingleses del British Israel les es fácil extirpar. Pues Chesterton extrae del divino Dickens, en el último párrafo de su célebre biografía, esta bella lección, congruente con la que surge de los seres pequeños y el artista que los creó. Dice ese párrafo así:

“Al menos una parte de la lección de Dickens es que la camaradería y la sana alegría no son intermedios en nuestras jornadas; que más bien nuestras jornadas son intermedios en la camaradería y la alegría, las cuales, a través de Dios, han de durar por siempre. La posada no lleva al camino; es el camino el que conduce a la posada. Y todos los caminos llevan a una última posada, donde hemos de encontrarnos con Dickens y todos sus personajes, en la taberna del fin del mundo”.

Demás está decir que en esa taberna hay también lugar para los hobbits y para su poeta. Y que ésta es la alegría escatológica que ellos, en medio de la guerra inevitable, sin embargo realizan, profundizan y cantan.

 

6

 

Terminada la canción de los hobbits repite Pippin su verso final, modificándolo según sus aspiraciones del momento, “And now to bed! And now to bed!”, exaltadamente dispuesto al parecer a poner en práctica de inmediato lo que la sugerencia del poema distiende para un futuro algo más lejano.

Vuelve sin embargo el poder oprimente y sombrío a acosarlos de nuevo desde muy cerca, en la presencia de uno de sus siervos funestos, fugaz esta vez, pues enseguida comienza a oírse un oportuno son, como de risa y canto que se entremezclan y ponen en rápido escape al enemigo. Son elfos que se acercan elevando su clara voz ancestral.

 

¡Oh Blanca-Nieve! , ¡oh Dama clara! , ¡oh Reina

de más allá del Mar del Occidente!,

¡Luz para los que aquí peregrinamos

el mundo de los árboles tejidos!

 

¡Guilthonïel!, ¡oh Elbereth!, ¡son claros

los ojos tuyos y tu aliento espléndido!

“¡Blanca-Nieve!”,cantamos,“¡Blanca-Nieve!”

 a ti en lejana tierra tras el Mar.

 

¡Oh estrella que con mano luminosa

ella el Año-sin-Sol dejó sembrada,

en terrenos ventosos, hoy brillantes y claros,

 vimos vuestros argénteos capullos florecidos!

 

¡Oh Elbereth!, ¡Guilthonïel!, seguimos

 rememorando, los que en esta tierra

 lejos bajo los árboles vivimos,

a tu luz estelar sobre el Mar de Occidente!

 

La canción celebra pues la Luz, nítida en las estrellas cuya aparición incidiera y consoladora y alegremente sobre el ánimo de los hobbits, pero ahora añorada y convocada también en el divino origen de su poder fulgurante, ese que en el Valaquenta (Silm., lib. 2) recibe la personificación femenina y el nombre de Yarda, quien inhabita la más alta de las cumbres del Reino Bendito, irradiante de nieves eternas. Por eso su primer nombre aquí, Blanca Nieves, resume, claro está, resonancias de los cuentos llegados hasta nosotros desde edades sapientes y remotas, pero también sugerencias simbólicas de la geografía tolkiana.

No es empero el nombre de Yarda el que la convoca: tal la denominación de la diosa en la lengua élfica hablada en la vecindad del Reino Bendito. Son Elbereth y Guilthonïel en cambio nombres que salen de la historia de los elfos y su lengua en la Tierra Media, separada de aquel Reino por el Mar; dolorosa historia de un señorío espléndido del que en el momento del relato sólo subsisten restos a punto ya de desaparecer; historia en fin de maravillas, pero también de funestos orgullos y derrotas, acompañados por la lengua élfica, en paulatino alejamiento asimismo de su sonancia originaria. La canción no invoca entonces la Potestad irradiante tal como es desde antes de la existencia del mundo o en la intimidad del Reino beatífico, sino según su acción dispensadora respecto de los hijos de Dios. Porque antes de la existencia de Sol y Luna, en el Año pues o la Edad sin sol, no quisieron los Sacros desde su Reino iluminado que en aquella lejana Tierra Media, totalmente abandonada al poder de la Sombra, ingresaran los elfos al mundo por ella rodeados y abrumados. Realizó  entonces Varda estrella nuevas y más esplendorosas, uniéndolas en constelaciones, entre ellas Orión  que con su cinto irradiante anuncia la última Victoria sobre la Tiniebla, hacia el fin de todos los días y edades (Silm., cap. 3). Este es el sesgo cobijante de la Luz que los elfos ahora recuerdan, con su lengua de la Tierra Media avasallada de nuevo por el poder oscuro. Eso lo que la cotidiana lumbre los hobbits necesita para que su misión sea realizable.

Reparemos no obstante en un detalle. La fuente de la Tradición no es aquí polar, no es hyperbórea; tierras y añoranzas no van hacia el Norte, sino a Occidente. Porque allí estuvo la sede del Reino Bendito sobre la tierra, hasta que frente al asalto de los atlantídeos fue elevado, intacto, hacia la región de las cosas olvidadas. Por la fisura geológica consecuente se hundió la Atlántida y resultó un brusco estrechamiento del planeta. Pero la nostalgia no varió su dirección hacia el Oeste, siempre suscitante de incontables navegaciones que, al seguir la corva superficie de la tierra estrechada, no pueden nunca hallar lo que sobre ella ya no está, reservado para muy pocos, sólo para los capaces de navegar por el Camino Recto (Silm. lib. 4).

Claro que esta sorprendente geografía simbólica podría darnos motivo a los americanos para una digresión reflexiva sobre nuestro destino. Pero por ahora contentémonos con subrayar la añoranza de los elfos, que va con certeza indoblegable hacía Occidente fieles a él en tanto crecen las sombras destructivas, para religarse con una Tradición que podríamos denominar Hespérica, y en algunos de cuyos contenidos esenciales, más allá del motivo de su localización, convendría indagar.



 

7




P
orque es preciso no perderse entre tantos detalles fantásticos, obedientes en última instancia a la virtud mitopoética propia de la palabra lírica. No son esos detalles los que explican el poema, sino éste en su misteriosa vibración, por poco que nuestra traducción la recepte, quien hace de esa mutiplicidad fantástica no un aglomerado fingido, barroco y vacuo, como las ficciones de Borges p. ej., sino un organismo vivo, coherente con las raíces de la historia y el cosmos, capaz por eso de volver siempre a ellos para entreabrirlos y. consolidarlos en su lírica e inacabable densidad.

Pues mucho me temo que, afectado por la densidad metafísica de Guénon y de sus concepcio­nes, quiera alguno pensar que son aquí los poemas recurso pedagógico para la exhibición de los símbo­los, éstos transmisores de una doctrina tradicional y ésta por fin instrumento para una realización metafísica donde la existencia busque reintegrarse a un Centro o Cero absoluto en el que cosmos e historia, y por ende doctrina, símbolo, lenguaje y poema quedaran insumidos, pero también relegados como tales para siempre.

Tan depurado como el propio Guénon de contaminaciones gnósticas, con su canción élfica y con el mítico universo que en ella se funda sigue T. empero en verdad por un camino diferente, uno que no admite sea relegada jamás su experiencia de la noche, amistosamente convivida bajo los árboles trascendidos por las estrellas, ante el repliegue acechante de la modernidad entenebrecida. Por el contrario, esa experiencia se incluye aquí en la textura eternamente manifestada de un lenguaje lírico ceñido, diestramente aprendido de una genuina Tradición, viva sólo en la audición de otros poetas. Pues también aquí rige una Tradición esotérica y sagrada, de orígenes helénicos por cierto, pero a T. advenida sobre todo a través de quienes en el mágico trasfondo de su lengua materna grabaron las improntas vivientes de sus poemas, y las Medidas sublimes de la Música y las Musas en ellos. Salvo que tales poemas concentran lumbre que retrocede a sus orígenes, como los elfos desde las estrellas hasta Elbereth, solo para reavivar la energía que la sostiene espléndida, invicta y desplegada para siempre dentro de las articulaciones de este lenguaje y este mundo, ante el poder oscuro y sustitutivo que momentáneamente los acosa.

Ni la experiencia pues del poeta ni las Medidas con ella ligadas eternamente en la intimidad del lenguaje lírico donde cobra vida, con sus detalles y símbolos, el universo tolkiano; nada de esto podría quedar aquí insumido en una realización metafísica absorbente. Los elfos no apelan a Varda, con nombres surtos de su historia terrible y dolorosa, para ser exaltados a una dimensión donde árboles, noche es­trellas y canto resulten soportes de importancia, pero ya innecesarios. Invocan a Elbereth, Guilthoniel para hacer más nítido el consuelo estelar, más hondo el amparo de los árboles de follaje entretejido, congruentes ya en su lírica belleza con el eterno canto a unísono de todas las estirpes dentro de la victoria escatológica.

Hay que discriminar aquí una Forma entonces que vivifica por igual la canción de los elfos y el universo tolkiano. Se trata de una Forma pitagórica, quiero decir fervorosa del eterno y medido trasunto de los orígenes bellísimos en el despliegue del mundo siempre manifestado; Forma que se sostiene cohe­rentemente además en una escatología lírica de raigambre neotestamentaria
. He aquí la determinación esencial de esa Tradición Hespérica que nos preocupa; la energía que funda y armoniza todos los detalles simbólicos (célticos o nórdicos, rememorados o fantásticos, preternaturales y maravillosos o empíricos) por donde la belleza lírica discurre. Los élficos nombres de Guilthonïel y Elbereth concentran esa energía, originaria y unitiva, sí, pero también irradiante y al fin vencedora; por eso Frodo y Sam han de decirlos en los momentos más comprometidos de su misión contra la sombra que disgrega.

 

8

 

Nuestro itinerario por la parte inicial de la vasta narración y sus sostenes líricos salta ahora a la escena final del cap. 11: Un cuchillo en la oscuridad.

Allí encontramos a los hobbits, incluido Merry, camino adelante, tras haber sobrepasado peligros cada vez más siniestros. Pero ahora los guía un hombre. Se trata de Aragorn, un rey (sabremos después) en marcha salutífera y concurrente con la que procura la destrucción del Anillo, rumbo al Sur, a recuperar el trono que legítimamente le corresponde, y del que su estirpe ha vivido apartada sin embargo hace generaciones. Lo respaldan una vida de combates contra los siervos más malignos y astutos del Enemigo y una sabiduría, ancestral en su estirpe, pero reavivada por su contacto con los elfos y por el dolor que ha jalonado el camino de sus victorias. Lo sostiene un Amor inabolible por el sino dispensador de su casa y su reino, como también por Arwen, princesa élfica que terminará por decidir: hacerse mortal para com­partir con él el humano destino. Un vigor y nostalgia secretos han dejado por eso huellas en sus miembros, su cabello entrecano y en sus ojos. Pero también en su palabra que aquí eleva conmovedora, en medio de Weathertop, la Cumbre Tempestuosa donde acechan los Jinetes Negros. Pues también estos fueron alguna vez poderosísimos entre los hombres, pero ahora, doblegados al Enemigo como los más eficaces de sus siervos, sólo constituyen restos espectrales codiciosos del Anillo, sangrientos y terroríficos. Pero mientras su poder apóstata se cierne en la cima desolada, cuando la sombra y la noche van cubriendo el mundo, la triste voz de Aragorn, rey fiel en cambio a su destino, congrega su pequeño grupo cantando un Amor de otros tiempos, consumado a pesar de todos los terrores;

 Largas eran las hojas, verde el pasto,
las umbelas de abeto altas y bellas,
y en la brecha una lumbre se veía
de estrellas, que en la sombra relumbraba.

Danzaba allí Tinúviel, a la música
de una invisible flauta,
lumbre estelar había en sus cabellos
y titilaba en su vestido.

 Beren llegó de las montañas frías
y perdido ambuló bajo las hojas
y donde el río élfico rodaba.

Camino en soledad y entristecido.
Atisbó entre las hojas de un abeto
 y admirado le vio flores de oro
encima de sus mangas y su manto
y el cabello siguiéndola cual sombra.

El encanto sanó sus pies cansados,
condenados a errar por las colinas;
se abalanzó, fuerte y veloz, a asirla
y dio en rayos de luna que fulgían.

Por el élfico hogar de selvas densas
 ligera huyó sobre sus pies en danza;
 lo dejó solo, que siguiese errando
por el silente bosque, y escuchara.

Allí él oyó a menudo el son furtivo
de leves pies, cual hojas de los tilos
o música que surte bajo tierra,
tremolando en cavernas escondidas.

Y las parvas de abeto fueran mustias
y una a una las hojas quejumbrosas
de las hayas cayeron susurrando
y en vaivén en los bosques del invierno.

Siempre la vio lejana y peregrina
sobre siembras espesas de hojas de años
a la luz de la luna o las estrellas
que se estremece en los helados cielos.

Fulguro de ella el manto ante la luna
cuando sobre una cumbre alta y lejana
 bailó, y yacía ante sus pies la siembra
de una bruma de plata temblorosa.

Ella volvió cuando pasó el invierno,
su canto abrió la primavera súbita,
cual alondra al subir, lluvia al caer,
o cual agua en deshielo que borbota.

Flores élficas él las vio brotando
de ella a los pies y, sano nuevamente,
danzas y cantos deseó a su vera,
encima de la grama impertubada.

De nuevo huyó, pero veloz él vino
y la llamó: ¡Tinúviel! ¡Tinúviel!
con su élfico nombre, mas fue entonces
que ella dudó al oírlo.

Se detuvo un momento, Beren vino;
la voz de él fue un ensalmo sobre ella,
y el destino cayó sobre Tinúvíel
que en sus brazos yacía, fulgurando.

 Y al mirar Beren en los ojos de ella,
 dejando atrás su cabellera en sombras,
la estelar luz que por los cielos tiembla
allí la vio espejada, relumbrando.

Y Tinúviel, la élfica belleza,
dama inmortal, élficamente sabia,
en torno de él echó el cabello umbroso
y sus brazos, cual plata que titila.

Largo camino el hado les impuso
sobre fríos y grises montes pétreos,
por recintos de hierro y puerta umbría
y anochecidos bosques sin mañana.

Hubo entre ellos los Mares Divisores,
fue no obstante por fin un nuevo encuentro
y hace ya mucho tiempo se perdieron
por el bosque, cantando sin tristeza.

Canta el rey así entonces. Calla después, y ofrece por fin a sus amigos una somera explicación de la antigua historia evocada, entretanto sin duda la melodía sigue en secreto resonante y confortando. Por eso el poder tenebroso que los asedia debe aguardar que la regia voz unitiva se apague para poder descargar su ataque disociador.

Pues con ella el rey convoca sus propios ancestros, desde luego, en los que esplende no obstante la congruencia –arcaica, de hoy, definitiva- entre las auténticas estirpes: la de los Sacros con los Elfos, de la que nació Tinúviel, pero también la de ella con Beren, capaz de humanarla con su Amor sin medida legado a las generaciones sucesivas de los suyos, para que reviva al fin ahora en la mutua entrega de Aragorn y la élfica Arwen. Convergencia asimismo, por encima de los Mares Divisores, se sugiere allí también entre la Tierra Media y el Bendito Reino de Occidente, invocado por lo demás hasta en el nombre de Tinúviel, élfica designación para el ruiseñor que significa "hija del crepúsculo", del atardecer pues, o de la Hesperia. Pero más allá de los míticos detalles son imágenes líricas puras las que trasuntan el poder unitivo con suprema nitidez: una sola es la luz, la música, el encanto que en la canción cruza del cielo hasta los árboles en reverberaciones sucesivas, o desde esos bosques que danzan y gimen hasta las recurrencias estelares; en los ojos y las aguas, los vestidos y las flores, o en el frío y las sombras incluso, que terminan rendidos a la suave tristeza de tanta nostalgia enardecida. En el oído de sus amigos hunde pues el rey la vigencia indeleble de esta unión completiva, antes de enfrentar el Cuchillo que quiere desgarrarla, tan Divisor como los Mares de su canto.

Cesa su voz no obstante y se desata la violencia, discriminada en tres planos.

Porque violencia es por de pronto la existencia misma de los Jinetes, su Capitán al menos apóstata de la realeza, de la vocación cesárea entonces y por ende del poder entendido como activa mediación entre el espíritu y la tierra. Constituyen pues residuos imperialistas, desalojados de la substancia y de sus sostenes unitivos; restos psíquicos espectrales devorados por el ansia del Anillo, cuyo poder, como la imagen videocrática, desglosa a las creaturas de su radicación espiritual y empírica, y después somete y masifica el psiquismo autónomo así desglosado (cf. Silm., lib. 5; S. de los A., lib. 4 cap. 8; lib., cap. 6).

Violencia preternatural expanden además estos residuos espectrales, en acción a distancia, sobre la psiquis más o menos dócil o aterrorizada de sus víctimas: Frodo es inducido con terrible fuerza a poner su dedo en el Anillo que lo torna invisible, es decir que lo desaloja también a él del mundo manifestado, lo desubstancia, lo hace sombra espectral al alcance directo de los espectros y de sus armas ponzoñosas (cf. S. de los A. , lib. 2 cap. 1).

Y por último la violencia concreta del filo envenenado por tanta corrosión desubstanciante, que alcanza a su destinatario en el hombro, cerca del corazón, hacia el cual debería seguir la obra de la esquirla disociadora allí dejada, no bien la psiquis del debilitado Frodo siguiera consintiendo con su miedo o su desánimo.

Porque el hobbit consiente en efecto la tentación inducida por los Jinetes: se coloca el Anillo, distanciándose así de su corporeidad y exponiéndola al arma pútrida. Comienza entonces para él la existencia psíquica en desglose, pero desde ella percibe a último momento cómo su propia voz vuelve a surgir potente y clara. ¡Oh Elbereth! ¡Guilthonïel!, clama con decisión integrativa, rechazando de este modo a la vez las ilusiones utópicas o alucinadas del espiritualismo afincado en el psiquismo inferior y las ilusiones mágicas, más hondas, del gnosticismo disociante, pero también cualquier tipo de realización metafísica auténticamente espiritual donde para siempre se renuncie a la radicación en la corporeidad articulada. Pues el élfico nombre proclamado contiene, como sabemos, la Luz de los Orígenes, pero espléndida en la physis concreta la marcha hacia su fulgor definitivo: es Música de Medidas Sublimes, pero suena en las voces de la historia en búsqueda de la escatología unisonante; es espíritu en fin de la palabra, que reintegra las dimensiones psíquicas y corpóreas en la activa unión de su soplo inextinguible. Y por eso, aún en su postración debilitada, recibe de allí Frodo la energía con que esgrime su espada y tira un golpe a su enemigo, mientras éste lo hiere no obstante con el cuchillo pestífero; o con la que lúcidamente arroja enseguida esa espada, retira su dedo y su existencia del círculo devorante del Anillo y cubre a éste por fin, oprimiéndolo con fuerza en su diestra, para que la disgregación no siga sobre él mismo, ni sobre nadie más.


Aunque lograda a tan alto y doloroso precio, es ésta entonces una victoria paradigmática. Colaboran en ellas los elfos, con la invocación que el hobbit alcanza a hacer también suya en medio del peligro. Colaboran los hombres en el rey que ante el ataque de la Discordia concentrada, con sapiencia convoca primero al Amor, como principio cosmológico contrapuesto, y con valor le opone luego a los Jinetes de ella sus propios leños llameantes que impiden se consuma la obra desgarradora del cuchillo glacial. Y colaboran los hobbits, los pequeños, en Frodo, que en último y desesperado intento supera su disgregación interior, se congrega de nuevo en torno a la palabra salutífera y hace así de su propia existencia belleza poética encarnada. Pero por encima de las estirpes, unificándolas según sus Medidas, es ésta una Victoria del canto, de la sacra poesía, una realización pues que podríamos denominar lírica para distinguirla de otros caminos iniciáticos, más espurios o más nobles, pero que siempre de algún modo terminan por consentir en un desgarro. Aquí no, aquí con el ligamen de las estirpes y el cosmos se celebra de nuevo la unión de la existencia y la sacra palabra, resonante también en el coro unisónico de las melodías acompañadas por el Ser, coro que trasciende y reintegra todos los ciclos alternativos de la historia.

 

9

 

Hemos partido de la supremacía del lenguaje cantado, y de la poesía por ende, sobre la prosa alternativa de T. y el universo contenido en ella, tan poblado de detalles simbólicos de variado origen. Pero además de fuerza arcaica, generativa, principial, en esta constelación el canto unisónico es destino integrador de todas las existencias o especies lingüísticas congruentes en el cosmos o con la substancia histórica que las nutren.

Esa integración lírica es pues una meta, el eskhaton de toda diacronía, pero también incide sincrónicamente en cada acontecer actual. En tal integración ninguna estirpe, tampoco la de los hobbits, debe resignar su especificidad; la música unísona que los aguarda luego y los sostiene ahora no les anula el temperamento o el timbre de sus voces o existencias, ni le pide que desechen su radicación corpóreo-telúrica. La Aventura no escinde a cada uno de su ser, su lengua o su instalación cotidiana, sino que con su inevitable dolor hace todo eso más consciente, depurado y hondo, más comprensivo e integrado al expectante son de la unidad totalizadora. No hay aquí evasión hacia zonas mágicas superficiales ni profundas de la psiquis personal o cósmica: ni el neoespiritualismo (teo- o antropo-sófico, espiritista, o en cualquier otra de las variantes configuradas por Evola y Guénon), ni el gnosticismo, con su maniquea polaridad irremediablemente dualista y convulsamente resuelta, operan en el trasfondo de T.; pero tampoco ningún tipo de realización (es decir de cumbre iniciática) puramente espiritual que nos distancie sin retorno del mundo de los sentidos y la voz articulada. Es éste una instalación para siempre, irrenunciable, donde a cada paso puede calarse más eficaz y entrañablemente, según el nítido ejemplo de aquella merry old England sobre la que nuestro artista se afinca en alguna medida, mientras ella canta y vive en especial en el habla y los hábitos de sus pequeños hobbits.

Pues en la obra de T., como en el Nuevo Testamento, la escatología consumada en el canto trasunta una doble vertiente.

Corre en primer lugar precisamente por esa lírica unisónica que trasciende toda aventura, desgarro, dolor o ciclo alternativo de historia y cosmos. Trasciende, decimos, y por eso mantiene su identidad; pero arraiga también aquí y ahora y, mientras acecha la disonancia sombría, permite sostener contra toda esperanza el combate esperanzador. Líricamente plena entonces sólo al fin de los días, discurre ya por cada gesto noble de las estirpes armoniosas con los bosques de fronda entrelazada, los sembrados y jar­dines, el fulgor estelar y la palabra bella. Y es por aquí por donde el artista se inserta con más hondura en la escatología realizada o en realización, peculiar del Nuevo Testamento, donde hasta la diacronía se transfigura en eternidad acompasada.

Por debajo circula la corriente específicamente diacrónica, afincada en los desgarros del tiempo, en los ciclos alternativos de una historia y un cosmos que tienden siempre a desglosarse tenebrosamente de su sostén, en especial cada vez que una Edad concluye. Redobla entonces la guerra, paradigmáticamente asumida por la narrada en El S. de los A., donde se divisa en última instancia una tolkiana preocupación por el Anticristo, Enemigo supremo, incontrastable Señor de las diacronías que cierran y desglosan de la eternidad. Y sin embargo ni el más vasto despliegue de seres espectrales, clausos, opresores, masificados, engañados y malignamente engañadores, amelódicos o al servicio del Señor sustitutivo por antonomasia, puede jamás desglosarse del todo. Las tinieblas de los tiempos convulsos en definitiva depuran cada estirpe congruente y expanden dentro de ellas 1o que posean de substancia a transfigurar. Hacen más simples a los fieles, al elfo más elfo, al hombre más apto, a los árboles más gimientes y abiertos al canto inextinguible.

Salvo que el delicado
entretejimiento de ambas vertientes escatológicas nos obliga a enfrentarnos con un hecho sobrecogedor. Pues siguiendo el destino entrevisto por T. en su Sarumán, el pontífice blanco (S. de los A., lib. cap. 2; 2,2, etc.), hace tiempo ya que las jerarquías sacerdotales olvidaron esas vertientes, junto con 1o substancial del Testamento Nuevo, que sin ellas no se sostiene, para sumarse a la fe en una historia, en un proceso pues puramente diacrónico, que avanzaría en dirección lineal y hacia dónde sino hacia el Señor del Mundo por supuesto, dueño de toda diacronía desglosada. Y el profesor de filología y literatura anglosajonas de la Universidad de Oxford las redescubre, por el contrario, con la sencillez de un pequeño hobbit obstinadamente apegado a lo suyo, las convierte en hontanares secretos de su estética, las derrama en ficción por legiones de lectores y países diversos, y nos reaviva así el sentido para pensar in re lo que aquí y ahora sucede.

 

10

 

Dentro de la estética escatológica de T. discriminamos pues primero la vertiente de la lírica que trasciende y transfigura. Y sostenida por ella la Forma pitagórica, con sus Medidas inderogables que se despliegan por el universo tolkiano para mantenerlo articulado y manifiesto, inmune al movimiento de repliegue propio del cosmos de un Plotino o un Guénon, donde todo lo manifestado termina incluido otra vez en su Fuente. Pero esa Forma rige además en la palabra del artista, en tanto las Medidas supremas, vigentes en el ritmo constructivo de cosmos e historia, trasuntan también en la humana precariedad de sus versos ingleses, nutridos por la experiencia, más precaria y fugaz todavía, de la noche constelada o los bosques espléndidos y en contraste con un mundo entenebrecido; precariedad que, entretejida en su palabra lírica con los Números y Ritmos absolutos, se hace sin embargo inderogable ella también.

Claro que esta relación de su lirismo o de la experiencia volátil en él inclusa, con los Números de la Música absoluta, no es gratuita casualidad, fruto de una subjetividad humana que se expandiese apoyándose sobre sí misma. No. Rige allí una Tradición sacra, esotérica, una iniciación que lenta, acompasadamente penetra en el oído. Remonta, hasta donde podemos filiarla, a Homero y Hesíodo, audiente directo de las Musas y por ende del Canto divino donde nacen la poesía y política humanas armoniosas con el cosmos. Pero desde aquella fuente helénica esta Tradición se derramó por las lenguas congruentes, cargándose de nuevas y ricas experiencias históricas, para desentrañar, también en la hermética sonoridad del inglés, combinaciones acordes con la Sonancia originaria. De aquí la Forma que se oye sobre un universo tolkiano colmado de signos, nombres, personajes, escenas con referencias en las sagas nórdicas o coherentes con ellas; y que rige también sobre la lógica de un acontecer narrativo transido de presencias preternaturales, pero que nunca es pretenciosa exhibición de residuos muertos, sino siempre una corriente, viva gracias a esa sonora Articulación divino-humana (remota, pero también actual y específica del poeta) que la sostiene.

Para entrar al secreto de este arte, bueno es entonces indagar aquellas sagas y signos que T. amaba, perfilaba y asumía, siempre que el conglomerado así descubierto no nos haga sordos a la Tradición y ensamble sonoros que sobre todo ello rige como la Forma sobre su materia. Para que sigan siendo audibles, convendría preguntarse quizá por la relación entre el diestro lenguaje lírico de T. y el de los románticos ingleses p. ej., o el de Edgar Poe que, inserto como se sabe en la raíz de la lírica simbolista de nuestros tiempos, dotado está de la capacidad mitopoiética para evocar, de un solo trazo rítmico también todo un universo de misterio, como aquel kingdom by the sea, el olvidado reino (junto al mar, como el Bendito) donde con Annabel Lee viviera un Amor hasta por serafines envidiado.

 
 
 
Y así el postulado de la Forma pitagórica (abierta por su cúspide musical a los Números sublimes y por su base empírica a la frescura de una experiencia humana innovadora), si eso dejara un sabor demasiado estético para adecuarlo del todo al dinamismo de la escatología tolkiana, compleméntese esta perspectiva con la anaxágorica: un cosmos que siempre se expande sin por eso perder radicación en su Fuente noética. Pues la forma lírica del Sacro Canto originario se difunde también según T., pero no o no solamente en los espacios cada vez más vastos del cosmos como tal, sino en los que transfigurándose marchan hacia la unisonancia escatológica.
 

Lo dicho se corresponde con la primer vertiente de la escatología tolkiana. Pero sabemos que por debajo circula además otra, dirigida a la diacronía devorante, con sus polos de contrastes alternativos. Y es aquí donde afinca otra perspectiva cosmológica, dinámica por cierto también: precisamente la de Philotes y Neikos, la polaridad empedoclea entre el Amor unitivo, convocado por Aragorn, y la Discordia escindente y masificadora, presente en el cuchillo del oscuro Señor de los Jinetes. Más sabemos también que por fuerte que sea aquí la intervención, en apariencia incontrastable, de la Inimicitia disolvente dentro de las edades y ciclos que se suceden, ella en última instancia dinamiza no el desgarro definitivo, lo que necesariamente aboliría la interrelación entre las dos vertientes escatológicas, sino la realización integrativa de cada creatura y cada estirpe. Y así Frodo, que al oír la invocación a Elbereth comenzara su iniciación lírica, al asumir en cambio como propia esa vocación ante el desagarro que lo horada, hace lírica ya no sólo su propia palabra, sino la realidad de su pequeña existencia. Opera en él la realización lírica a que se ordena, quiéralo o no, todo el terror de las tinieblas apocalípticas

En fin, dijimos que el Reino donde el origen paradigmático de la Tradición no está, según T., al Norte, no es hyperbóreo, como postularon los helenos mismos. Quizá se esconda aquí cierta ánglica reticencia contra la estirpe heleno-romana, a la que T. como artista debe sin embargo, según hemos indicado, su propia vertebración; y esta posibilidad obligaría a discernir, al lado de lo auténticamente mitopoiético, subrayado por nosotros, lo que en el universo tolkiano pueda haber además de puramente ficticio, de cuasi euripídeo, de indócil quiero decir a la vibración arcaica, y por eso de evanescente y utópicamente manipulable. Tal vez otros motivos trasunten a partir de las sagas por él tan queridas. Esto merecería una consideración que aquí nos excede. En todo caso, aunque sin confundirlo jamás con la Fuente absoluta, el propio mundo clásico nos habla de aquel Jardín de las Hespérides que sabemos rondaba también por la cabeza de muchos de los que intentaron en sus orígenes la aventura americana. ¿No será entonces esta atracción hacia Occidente, registrada por T. en la ubicación de su Reino Bendito, lo que nos explique, en parte al menos, los viajes hacia estas regiones de los vikingos o San Brendan, el de aquellos peregrinos que hasta en el nombre de su Mayflower revelan su nostalgia de una tierra eternamente primaveral y florecida, o el de Colón en fin y sus seguidores, tan a menudo tentados a la búsqueda del Paraíso terreno, la Fuente de Juvencia, El Dorado, la cesárea Ciudad que desde esta revista sigue convocando?

Si fuese así este inglés de leyenda, que en el centenario de su natalicio estimula, nuestro pensar, permitiría vislumbrar zonas de explicación atendibles en aquellos históricos afanes, en sus parciales fracasos y en los nuestros. Pues a las navegaciones corvas, atraídas en alguna medida por la ley de gravedad, les resulta difícil acceder a un Reino sustraído a la superficie de la tierra, y por eso también y sobre todo inaccesible para las utopías religiosas, políticas, tec­nológicas que con obstinación gravitacional y diacrónicamente clausurada codician hoy naciones como las nuestras, cuyos descubrimientos y libertad siguen parcialmente interminados. Pues en medio de tantas jerarquías apóstatas y utópicamente conversas que no retribuyen lo de Dios a Dios ni a César lo de César, unificadas ante el V° Centenario en el retaceo moralizante o filisteo a las magnas gestas de la Conquista y la Independencia inacabadas, otro sería en­tonces el camino a seguir por América expectante: el Camino Recto, que pasa por la realización lírica. Poe o Melville, Darío y Lugones saben algo de él; no deberíamos olvidarlo. Se trata del ascenso de existencia y oído por la Tradición que reconocemos en definitiva Hyperbórea, y del descenso necesario desde allí para integrar las estirpes genuinas y ante ellas o en ellas exaltar la sencilla grandeza de los pequeños.

 

ARNALDO C. ROSSI

Buenos Aires febrero de 1992 *


 




* Publicado en dos partes en Ciudad de los Césares N° 25, Julio / Agosto, y N° 26, Septiembre / Octubre de 1992 (NdlR.).